El Cogito quebrado. La mentira y la poesía

Al principio de la exposición de la duda cartesiana nos preguntábamos por la naturaleza de ese yo que dudaba de la veracidad de todo y creía en una posible gran ficción a la que podría estar sometido por medio del genio maligno. Todo, incluido su propio cuerpo, podría ser falso o tratarse de un mero sueño, pero pese a todo, el Cogito era poseedor de una obstinada voluntad de verdad de la que arrancaba todo el orden de razones posterior y que le impulsaba permanentemente hacia una fundamentación de la realidad. Pues bien, nos enfrentamos ahora con una duda más hiperbólica aún que la cartesiana, a saber, la que nos plantea Nietzsche entre la verdad y la mentira. Se nos presentaría ahora un “genio maligno” que también influye en el instinto de verdad. El pensamiento de Nietzsche a este respecto tiene ya sus raíces en sus estudios filológicos, donde anticipa los estudios antropológicos del lenguaje investigando lo natural que hay en él y no sólo la construcción cultural que ha resultado. Como señala Ricoeur, (1)Si mismo como otro. Paul Ricoeur. Prólogo: La cuestión de la ipseidad. Edición castellana, Siglo XXI los tropos no constituyen adornos sobreañadidos a un discurso literal, no figurativo, sino que son inherentes al funcionamiento más primitivo del lenguaje.

La preponderancia del lenguaje como instrumento y contenido en toda preocupación cognoscitiva y hasta en las pretensiones formativas, hace que “en la estructuración de los conceptos interviene originariamente el lenguaje y en sus épocas posteriores la ciencia” manteniendo a su vez que esta ciencia se comunica en cuanto lenguaje.

“Puesto que no se ha dado ninguna otra cosa como real más que nuestro mundo de los apetitos y de las pasiones, que no podemos dirigirnos a ninguna otra realidad inferior ni superior, sino a la realidad de nuestros impulsos, pues pensar es solamente un rellenar estos impulsos unos con otros…” (2)Más allá del bien y del mal. Friedrich Nietzsche. Traducción Sánchez Pascual.

Nos encontramos entonces frente a la destrucción de la pregunta a la que el Cogito debería responder:

“Mantengo el carácter puramente fenoménico igualmente del mundo interior: todo lo que se nos hace consciente es, de un extremo a otro, previamente arreglado, simplificado, esquematizado, interpretado – el proceso real de la percepción interna, el encadenamiento causal entre los pensamientos, los sentimientos, las apetencias, como el que hay entre el sujeto y el objeto, se nos ocultan absolutamente- y quizá sea pura imaginación” (3)En Sí mismo como otro. Trad. Fr. De P. Klossowski, Fragments posthumes. En este trabajo consideramos más oportuno para nuestros intereses acercarnos al pensamiento de Nietzsche con fragmentos de ‘Verdad y mentira en sentido extramoral’.

“Apariencia es para mí lo mismo que obra y vive, que avanza tanto en la burla de sí mismo, para hacerme sentir que lo existente es apariencia, fuego fatuo, baile de fantasmas y nada más. Y entre todos esos soñadores, también yo, el que está camino de conocer, bailo mi baile…” (4)Gaya Ciencia. Friedrich Nietzsche.

La aceptación total de la realidad incluye también la apariencia, en cuanto es necesario seguir soñando en el sueño para no perecer, como el sonámbulo ha de mantenerse en el sueño para no precipitarse. “Toda la vida del hombre está hundida profundamente en la no verdad” o, como nos dice en “Sobre verdad y mentira en sentido extramoral”:

“…el revoloteo incesante alrededor de la llama de la vanidad es hasta tal punto regla y ley, que apenas hay nada tan inconcebible como el hecho de que haya podido surgir entre los hombres una inclinación sincera y pura hacia la verdad.”

Pero es que no sólo nos encontramos con la fenomenalidad del mundo exterior, también la del interior. Alinea la conexión de la experiencia íntima con la causalidad de la ilusión externa, señala Ricoeur. Pensar es plantear una unidad arbitraria. Nos preguntamos entonces cómo escapa Nietzsche al sofisma del engañador, de este reino universal de la Verstellung, ¿O es que quizás sucumbe? Pero entonces, ¿cómo se explicaría el tono de revelación proclamados de la voluntad de poder, superhombre y eterno retorno de lo mismo? De este dilema surge, como apunta Ricoeur, la división entre fieles e ironistas de Nietzsche.

Este dilema que se plantea entre fieles e ironistas parece más bien un dilema entre un pensamiento nietzscheano y un pensamiento no nietzscheano, pues si bien es cierto que Nietzsche no presenta una solución al problema de la Verstellung, que tanto la realidad que se nos muestra como nuestro propio pensamiento son productos de la ficción y sucesión constante de metáforas, es precisamente de esta incapacidad de plantear una solución de dónde surge todo su pensamiento, pues reconociendo la desdicha, el conocedor de esa imposibilidad esencial sólo puede acudir de nuevo al lenguaje, a la metáfora y el tropo, como única salida a su desesperada existencia, pero contará con el arte y el sueño, y con ellos el poder de promover el desgarro del concepto en la oposición dionisiaco apolínea. No olvidemos que Nietzsche además no parte de una voluntad de verdad, sino de una voluntad de poder, incluso podíamos decir, de vida, exaltando lo irracional y onírico de ésta. Valga como muestra este fragmento de los Ditirambos para Dionisos, en el que se pone de manifiesto su condición de mentiroso, de loco, y de poeta:

Nur Narr! Nur Dichter!
Nur Buntes redend,
aus Narrenlarven bunt herausredend,
herumsteigend auf lügnerischen Wortbrücken,
auf Lügen-Regenbogen
zwischen falschen Himmeln
herumschweifend, herumschleichend –
nur Narr! nur Dichter! …

(5) Dionysos Dithyramben: Sólo loco! ­Sólo poeta!
Solo un multicolor parloteo
multicolor parloteo de larvas de loco
trepando por mendaces puentes de palabras
sobre un arco iris de mentiras
entre falsos cielos
deslizándose y divagando.
¡sólo loco! ¡sólo poeta!

La propia actividad de lo contradictorio es su necesidad, pues, de este modo, se transfigura glorificándose. Del mismo modo que hay una necesidad en el mundo, también la hay en el hombre, sólo que está oculta y no encuentra el camino de la expresión, porque el hombre moral se ha interpretado de tal modo que le resulta imposible disolverse en la apariencia o redimirse, porque su apariencia (cultura) no es la disolución de su necesidad. Por lo que en él todo resulta ficción, como en el mundo imaginado por Schopenhauer.

En “Verdad y mentira en sentido extramoral”, da una explicación social. La instauración de la sociedad necesita una convención: Fijar lo que va a ser designado como verdad y lo que va a ser designado como mentira. Pero de la realidad no se deriva ninguna ley de la verdad, sino de una convención. Todo concepto se forma por equiparación de casos no iguales. Las reglas de una creación del hombre, como el lenguaje, se prestan a un mundo también imaginario, que, al estar construido por unas leyes aceptadas por la comunidad, adquiere el aspecto de realidad, es decir, de algo independiente del sujeto. La verdad según esta concepción, es sólo “obligación de mentir en rebaño” o “en términos morales, al compromiso de mentir de acuerdo con una convención firme, mentir borreguilmente, de acuerdo con un estilo vinculante para todos” (6)Verdad y mentira en sentido extramoral. Friedrich Nietzsche.. Sólo el olvido permite considerar algo como verdadero o como falso, de modo que es posible llegar a la creencia de estar en posesión de la verdad. Pero las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son. El hombre olvida entonces que tal es su situación. Por este olvido llega al sentimiento de la verdad. La no consideración de que el hombre es creador hace posible que algunas imágenes pasen a ser consideradas como verdades; de este modo las producciones del hombre dejan de ser contempladas como lo que son: ilusiones.

Afirmar la oposición entre verdad y mentira es enunciar la obligación de transponer o interpretar unas esferas en otras de un modo determinado; el resultado de esta obligación es pensar una imagen como la interpretación necesaria de una experiencia. Junto a la obligación social de interpretar la experiencia de un determinado modo, y al olvido de que esas interpretaciones tomadas como verdad son una ilusión, del mismo modo que las imágenes surgidas por otros modos de transposición, también contribuye a que brote la ilusión de realidad y el espejismo de que una imagen se produce de un modo necesario a partir de una excitación nerviosa – relación de causalidad– la repetición constante o persistencia inmutable de los modos de transposición. Así, el hecho de que algunos sueños se produzcan con mucha frecuencia no es una razón para concluir de la imagen representada una realidad. “Pero el endurecimiento y la petrificación de una metáfora no garantizan para nada en absoluto la necesidad y la legitimación exclusiva de esta metáfora”. Sin embargo es este otro de los mecanismos internos de la naturaleza humana para formar la ilusión de la realidad, según Nietzsche.

Lo originalmente interpretado es algo desconocido para el hombre y está fuera del alcance de su lenguaje; la forma de éste no reproduce ninguna forma anterior.

La ilusión de que el lenguaje imita una realidad se debe al olvido de que el lenguaje es una ilusión. Las formas constantes de transponer hacen surgir la ilusión de que existen esas formas en el exterior que, a su vez, son pensadas como las causas de las metáforas que han sido previamente proyectadas en el exterior.

La ilusión más pérfida para Ricoeur es la de imaginar un substrato de sujeto en el que se origina el pensamiento, pues lleva al tropo de metalepsis al invertir efecto y causa en la relación entre actor y su hacer.

De este modo tomamos como causa bajo el título de yo el efecto de ese yo como su propio efecto. Evidentemente, como señala Paul Ricoeur, el argumento sólo funciona si se introduce la causalidad y por lo tanto cierta discursividad, bajo la supuesta certeza inmediata del cogito. Se entiende así que Nietzsche afirme “mi hipótesis, el sujeto como multiplicidad”.

Nada se resiste a la hipótesis más fantástica, al menos mientras se permanezca en el interior de la problemática delimitada por la búsqueda de una certeza que pueda garantizar absolutamente contra la duda.

Qué agradable es que existan palabras y sonidos: ¿palabras y sonidos no son acaso arcos iris y puentes ilusorios tendido entre lo eternamente separado?

A cada alma le pertenece un mundo distinto; para cada alma es toda otra alma un trasmundo.

Entre las cosas más semejantes es precisamente donde la ilusión miente del modo más hermoso; pues el abismo más pequeño es el más difícil de salvar.

Par mí – ¿cómo podría haber un fuera-de-mí? ¡No existe ningún fuera! Mas esto lo olvidamos tan pronto como vibran los sonidos; ¡que agradable es olvidar esto! (7)El convaleciente. Así habló Zaratustra. Trad.castellana de Sánchez Pascual

 


 

Vínculos directos al resto de apartados:

  1. El Cogito cartesiano como paradigma de la Modernidad.
  2. El Cogito quebrado. La mentira y la poesía.
  3. El olvido de la muerte en la era de la técnica.

 

 


 

 

Referencias   [ + ]

1. Si mismo como otro. Paul Ricoeur. Prólogo: La cuestión de la ipseidad. Edición castellana, Siglo XXI
2. Más allá del bien y del mal. Friedrich Nietzsche. Traducción Sánchez Pascual.
3. En Sí mismo como otro. Trad. Fr. De P. Klossowski, Fragments posthumes. En este trabajo consideramos más oportuno para nuestros intereses acercarnos al pensamiento de Nietzsche con fragmentos de ‘Verdad y mentira en sentido extramoral’.
4. Gaya Ciencia. Friedrich Nietzsche.
5. Dionysos Dithyramben: Sólo loco! ­Sólo poeta!
Solo un multicolor parloteo
multicolor parloteo de larvas de loco
trepando por mendaces puentes de palabras
sobre un arco iris de mentiras
entre falsos cielos
deslizándose y divagando.
¡sólo loco! ¡sólo poeta!
6. Verdad y mentira en sentido extramoral. Friedrich Nietzsche.
7. El convaleciente. Así habló Zaratustra. Trad.castellana de Sánchez Pascual

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