En el taxi

 

La Naturaleza es un principio, una causa que imprime el movimiento y el reposo, causa inherente a la esencia misma del objeto, no causa accidental.

Aristóteles, Física, II, 1

Desde el asiento trasero del taxi que me lleva a la TAPO, una estación central de buses de México DF, pasando por calles de un barrio residencial, me echo hacia atrás, cansado, y cierro los ojos, sin ánimo de imitar al detective Leo Caldas, me sorprendo haciéndolo, también con la ventanilla medio abierta. Escucho entonces los pajarillos que revolotean por los árboles de la calle. Pienso en el niño que vivirá por aquí y verá y conocerá esta calle, metro a metro, como todo un mundo completo y definido, reconociendo inconscientemente su vida en cada detalle, detalles vivos y expuestos a cualquier cambio a sus ojos llenos de imaginación.

Cada árbol, cada farola, cada bordillo, está impregnado de mil significaciones que configuran el mundo y la mente del niño que los ve y vive. Un mundo con un sentido pleno, el mundo de nuestra infancia, abierto a toda posibilidad.
Después, derrepente e inconscientemente, me veo pensando como otro ser, un ser que ve el pensamiento y visión del niño dentro de otro mas amplio: Los árboles de esa calle, desconocida para mi como cualquier otra calle arbolada de México, son ahora seres orgánicos y mortales, que nacen crecen y mueren. Casi parecen capaces de hablar. Casi se les escucha crecer, retorciendo sus raíces bajo el asfalto. Se apodera de mi una visión orgánica de la realidad, una visión material. Son ahora los pajarillos esos mismos que tantas veces encontramos muertos en nuestro camino, haciéndonos no pensar y mirar cuanto antes para otro lado, apartando la vista de sus cuerpecillos inertes.
El mundo entero se engulle a si mismo, y es ahora una máquina orgánica enorme de complejo mecanismo, que se aniquila y se renace a si misma, intentando enloquecidamente parar el tiempo, inmolarse en el instante eterno y consagrarse, haciéndose única y eterna. Pero a pesar de su contínuo esfuerzo, no consigue alcanzar el tiempo, siempre se le escurre, y la Naturaleza, esa máquina enorme, se retuerce sin remedio un su fluir incesante, reinventándose a si misma, para, como compensación a su carrera sin meta, enamorarse de si misma también en la belleza de cada instante pasajero, empapado de muerte y de cambio.
El taxi para en un cruce, y veo de pronto el destello de una de las hojas de uno de esos árboles con la luz del sol del atardecer. Siento de pronto la sencillez y la frugalidad de la belleza, eterna y pasajera, metafísica y real. Pienso en la magia del mundo del niño, pienso en que sus ojos son los míos viendo el destello del sol, y siento como la Naturaleza se mira a si misma en mis ojos. Vuelvo a cerrarlos, tengo sueño y el estómago vacío. No se a dónde me llevo esta vez, pero no opongo resistencia.
El taxista para de nuevo maldiciendo al coche que se le ha cruzado violentamente. Veo a la gente desde la ventanilla. Veo a papás y mamás en un correteo incansable, comprando, vendiendo, haciendo, deshaciendo..

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