Los alces hablan

“¿Por qué lloras?” y yo le dije: “Porque estoy triste”. Entonces, la criatura mágica se acercó a mi oído y dijo, tan clarito como estoy hablando ahora: “No estés triste”.

Carlos Castaneda. Viaje a Ixtlán

«…debo inferir la analogía de que probablemente todos los seres orgánicos que han vivido en esta tierra han descendido de una forma primordial, en la que la vida respiraba primero».

Darwin, Charles. On the Origin of Species

Caminas tú solo por un bosque boreal de Nueva Escocia durante horas, y cuanto más te adentras en el bosque, más sobrecogedor y placentero es el silencio y el aislamiento total en el que te sumerges. Da cierto vértigo, sí, pero quizas sea por eso que atrae sin remedio. Cuando miras al abismo, el abismo también te mira a ti, decía Nietzsche… Será ese intercambio de miradas el que hace adictiva esta soledad absoluta.

Has madrugado para tener más posibilidades de ver animales, la naturaleza se muestra siempre más activa al amanecer y al atardecer. Aún es otoño, pero ya cayeron las primeras nevadas. Todo está ya cubierto de un buen manto de nieve, pero aún no han llegado a cubrirse las coníferas mas pequeñas, ni hacen falta todavía las raquetas para caminar sobre la nieve. Basta con unas buenas botas de invierno para abrirse paso con relativa facilidad.

Es el norte de Cape Breton, al norte de Nueva Escocia, muy cerca ya de Terra Nova, uno de esos rincones mágicos del planeta, donde tanto la naturaleza como su reciente historia dotan al lugar de algo especial, de una esencia especialmente intensa y particular, en la que aún se distingue viva tanto la originaria raíz indígena Mi’kmaq, como también se respiran aún los recientes y turbulentos siglos de colonización escocesa y acadia, de las sangrientas guerras europeas en el Nuevo Mundo, y de sus consecuentes movimientos migratorios, que dejaron esta tierra empapada de una rica variedad de sabores, dialectos, costumbres y muchos y ricos matices culturales. Todo esto en un entorno natural de extraordinaria belleza y riqueza, especialmente en el Cape Breton Highlands National Park, a donde un servidor escapa en cuanto tiene la menor ocasión.

 

bosque boreal en Cape Breton

 

Y tras horas de marcha por ese silencio blanco, inmerso en tus pensamientos y en el sonido de tus pisadas en la nieve, escuchas de pronto muy cerca de ti un leve crujir de ramas entre los abetos que te despierta súbitamente de de tus ensoñaciones. Te detienes, al principio algo asustado tras romperse de repente tu íntima soledad. Te quedas parado, pero ya no oyes nada. Estás unos segundos totalmente quieto, paralizado, y al rato vuelve a sonar el mismo crujir de ramas, a tu derecha, a escasos metros de ti. No hay duda de que algo se esconde detrás de la maleza y que está muy cerca. Te orientas despacio hacia el lugar de donde proceden los ruidos, pero no puedes evitar el sonido de tus pisadas en la nieve. El crujir de ramas vuelve a detenerse en cuanto caminas hacia él, pero ahora ya sabes bien de donde viene, has localizado el lugar de origen.

Sujetas la cámara y la enciendes, sabes lo que puede avecinarse, y pueden ser sólo unos segundos de margen. El corazón se acelera. Estás en silencio hasta que el ruido se reanuda, esta vez con más decisión. A tu derecha, a unos 15 metros, las ramas de las coníferas se mueven haciendo caer en polvo la nieve acumulada. Eso es todo lo que puedes ver y oir al principio. Pero poco después, lentamente, un enorme alce aparece ante ti asomando la cabeza entre las ramas. Es un ejemplar especialmente grande. Se trata de una hembra. El enorme cérvido te está mirando a los ojos. Tú la miras a ella. Estás inmóvil, sobrecogido por el momento. El cruce de miradas dura unos segundos que son una eternidad en tu conciencia. Inevitablemente pasa por tu cabeza que podría embestirte con sus 400 kilos…Estás indefenso frente a un animal salvaje, en medio de la nada, de la más absoluta soledad. Tú solo, sin cobertura, fuera de la red social humana, sin el cálido cobijo de tu rebaño.

Estos instantes son algo mágico. Un diálogo se establece entre el animal salvaje y tú. Dos seres que se miran. Un cérvido y un homínido. Sin más barreras que unas pocas ramas de coníferas. Eres de pronto una criatura invasora, un visitante en terreno ajeno, desprotegido, y que debe obrar con cautela y respeto, siguiendo ciertas leyes naturales no escritas pero evidentes, tanto en ti como en ella.

Ella te acepta noble y tranquila en cuanto se percata de que no hay peligro. Ni huye ni muestra tensión alguna. Reanuda tranquilamente su tarea, buscando vegetación bajo la nieve (comen en torno a 20 kg de vegetación al día..no hay tiempo que perder!), y entonces tú tratas de hace la mejor foto posible de esta hermosa criatura, de inmortalizar ese instante mietras tratas de buscar el hueco visual entre las coníferas que os separan.

Tras algunas fotos dejas la cámara y te dedicas a observarla sin más, tratando de sacar todo el jugo posible a ese hermoso instante. Estás ahí, delante de una criatura irrepetible, dueña y señora del bosque. No la molestas, y ella te acoge en su casa. A veces deja de buscar vegetación y te mira curiosa. Hay un diálogo, una armonia. Sientes una comunicación íntima con ella que va mucho más allá de un mero reconocimiento.

No puedes dejar de preguntarte por lo que está ocurriendo en esos instantes.

Soledad y encuentros con mamíferos que te miran a los ojos, que te acojen en su hábitat. Algo ocurre en esos ojos que se ven en ese ámbito salvaje, que se extrañan pero que finalmente se respetan y aceptan. Algo puro y primigenio acontece en esa mirada, limpia de conceptos y valoraciones. Después de todo, todo ser vivo proviene de un mismo organismo, de una misma raíz común. En ese cruce de miradas, piensas…¿no me estoy viendo yo, tras miles de años de evolución, yo, ese ser pensante, no me estoy viendo a mi mismo, aceptándome, respetándome, amándome en mis múltiples formas?

 

Río en Cape Breton


 

Extracto de Viaje a Ixtlán, de Carlos Castaneda:

“Así pues, en presencia del venado mágico no me porté como ninguno de los dos. Rápidamente me paré de cabeza y me puse a llorar bajito; derramé lágrimas de verdad, y sollocé tanto tiempo que estaba a punto de desmayarme. De pronto sentí un airecito suave; algo me estaba husmeando el cabello atrás de la oreja derecha. Traté de voltear la cabeza para ver qué era, y me caí al suelo y me senté a tiempo de ver una criatura radiante que me miraba. El venado me veía y yo le dije que no le haría daño. Y el venado me habló.”

Don Juan se detuvo y me miró. Sonreí involuntariamente. La idea de un venado parlante era enteramente increíble, por decir lo menos.

– Me habló -dijo don Juan sonriendo.

– ¿El venado habló?

– Eso mismo.

Don Juan se puso en pie y recogió el bulto de sus arreos de caza.

– ¿De veras habló? -pregunté en tono de perplejidad.

Don Juan echó a reír.

– ¿Qué dijo? -pregunté, medio en guasa.

Pensé que me estaba embromando. Don Juan quedó callado un momento, como si intentara recordar; luego, con ojos brillantes, me dijo las palabras del venado.

– El venado mágico dijo: “¿Qué tal, amigo? -prosiguió don Juan-. Y yo respondí: “Qué tal”. Entonces me preguntó: “¿Por qué lloras?” y yo le dije: “Porque estoy triste”. Entonces, la criatura mágica se acercó a mi oído y dijo, tan clarito como estoy hablando ahora: “No estés triste”.

Don Juan me miró a los ojos. Tenía un resplandor.

 

 

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